11 de enero de 2016

Delfina

noviembre de 1985

Javier Muñoz Soro me ha hecho llegar un relato que escribió su madre, Sacrita Soro, hace ya más de treinta años, durante el verano de 1985. Está basado en la historia de Jánovas después de haber pasado una tarde con los últimos residentes-resistentes del pueblo. Espero que lo disfrutéis.



Delfina acarició a Serena que se resistía a ser encerrada, empujándola suavemente hacia el interior del corral. Cerró rápidamente la cerca de madera, y, pasando la aldaba, contempló a sus ovejas y a sus cabras, una a una, con mirada casi maternal Por último, hizo correr el pestillo de hierro, que daba un poco más de seguridad a la vieja cerca carcomida por el tiempo y cogiendo del suelo el capazo de los restos de pienso, recordó que tenía que repasar sus viejas asas, ya medio rotas. Todo se estaba cayendo a pedazos, el corral, el cercado, su capazo. Su propia vida.
Encaminose hacia la casa pausadamente. A esas horas de la tarde le cae encima, como un pesado fardo, todo el cansancio del día. Se entorpecen sus piernas, le duelen los brazos y le envuelve una triste lasitud, que desaparece cuando el día siguiente nuevamente amanece.
Pero ahora atardece y Delfina, ajena a la hermosura del momento, camina contagiada por la mansedumbre que domina el paisaje, alumbrado débilmente por un sol que se esconde.
Hoy, sin saber por qué ha alargado el retorno y pasa entre los matorrales, en los que todavía divisa las zarzas cuajadas de negras moras. No tiene fuerza ni humor para estirar el brazo, tomar algunas y llevárselas a la boca, comprobando su dulzura. Sonríe entristecida. Nunca hubiera pensado que, algún día, tendría las moras del camino para ella sola. Recordó las prisas que se daba de cría y, aun de moza, con Marcela, su mejor amiga, para llegar siempre las primeras con su cestillo, a recoger las primicias de estas zarzas y como volvían luego a casa y era como un festín comerlas cuando estaban ya frías, rociadas con vino y espolvoreadas de azúcar. Y ahora allí estaban rezumantes algunas, consumidas ya otras, tan a mano, que podía cogerlas sin hacerse rasguños en las manos como cuando era joven buscando las más escondidas cuando se les había adelantado el Chato con sus amigos o la sobrina del médico con sus amigas.


Mañana me traeré, una pequeña bolsa de plástico y cogeré unas cuantas.
Pero luego pensó que no podría comerse en solitario aquellas moras. Cuando las comiera despacio, con su apetito ya gastado, no podría resistir los recuerdos de tantas tardes con Marcela, comiéndolas precipitadamente, como si en el plato corrieran el mismo riesgo que en las zarzas, de adelantárseles el Chato con sus amigos o la sobrina del médico con sus amigas. Y luego, a lavarse las manos y las uñas ennegrecidas, para con las mismas prisas cambiarse las alpargatas por las sandalias nuevas y, con el tiempo, por sus zapatos de medio tacón. Y corriendo también, cuando declinaba la tarde, a la plaza, a sentarse las dos, como siempre en la escalinata de la iglesia, con Paco el barbero que controlaba desde ahí su negocio que le caía enfrente, si veía un cliente cruzaba la plaza y, cuando queríamos darnos cuenta, ya tenía al parroquiano con la cara llena de una blanca y abundante espuma que nos tenía deslumbradas.
También mosén Celso se  sentaba en las escaleras de la iglesia cuando salía del rosario, después de que les hubieran pasado por encima casi todas las viejas que por la tarde acudían a la iglesia. Por eso ellas dos procuraban llegar tarde a la plaza, para que el mosén no les hiciera entrar a rezar aquellas largas letanías, como hacía con todas las mozas que estaban de tertulia, de pie o sentadas en los fríos banqueros de piedra. Sin embargo, a los mozos no les decía nada. Les dejaba que siguieran hablando, pidiéndoles  tan solo que dejaran de jugar a la pelota, porque usaban de frontón las paredes de la iglesia y hacía mal efecto, entre avemaría y avemaría, oír los pelotazos que daban justo detrás del altar de San Ginés, que estaba entrando a mano izquierda.
El único mozo que entraba a rezar era José Maria, un sobrino del cura, que había sido seminarista y entonces vivía con su tío preparando oposiciones para lo que saliera. Y esperándole a él era por lo que se sentaban Marcela y ella con el cura y Paco el barbero en la escalinata de la iglesia. Cuando después de hablar con unos y con otros, por fin llegaba hasta ellas, era como si el tiempo se detuviera, escuchándole las dos embelesadas lo mucho que sabía, y cómo se explicaba, y se echaba la noche encima sin encontrar momento de volver a casa a pesar de que la plaza se iba quedando vacía, porque la gente en aquellos tiempos cenaba temprano, y más de un día su padre la recibió con una soberana reprimenda, pero no lo escuchaba, porque todavía tenía las palabras y el tono de la voz de José Maria dentro en sus oídos.
Por eso, esta tarde, Delfina, sin saber casi cómo, ha llegado hasta el centro del pueblo, por donde hace días que ya no pasaba y los recuerdos se han agolpado en su corazón casi tomando cuerpo, sentándose, sin saber por qué en los desmoronados escalones de la iglesia, y por un instante creyó estar esperando con Marcela al mosén, a José Maria y a Paco el barbero. Creyó oír sus voces, las risas del bar de la esquina, el llanto de un niño y el correr del agua en la fuente seca. Me estoy volviendo loca.
Los ladridos de Bota le cortaron la angustia. José, su marido, ya habría llegado a casa y estaría encendiendo el fuego, extrañado de que ella no guardara el hogar llameante y el agua caliente. Pobre José, qué poco queda de aquel mozo tan tieso, tan rubio y tan tenaz que esperó años a que yo le hiciera caso.
- Delfina, mujer, me tenías preocupado.
- Esas cabras, puñeteras de ellas, que no encuentran momento de entrar en el corral.
Y ya, subiendo la escalera.
- Como los chicos, ¿recuerdas? que no encontraban nunca momento de irse a la cama.
Entraron a la cocina, caliente e iluminada.
- Qué buen fuego, José. Casi se me ha puesto frío en la plaza.
- Y ¿qué hacías tú en la plaza?
- No sé. Hoy he dado más vuelta, y he pasado por ahí. Casi no quedan piedras en la torre. El viento del domingo debió tirar algunas.
- Te he dicho cien veces que, por dentro del pueblo, no te arrimes a nada. Están las piedras y los aleros sueltos y algún día tendremos un disgusto.
- Pues no sé qué te diga. A mí bien poco me importaría que me cayera la campana de la iglesia encima, o el tejado de la escuela, y morirme debajo de este pueblo, muerta con todos mis muertos, en la misma tierra. Y después que echen agua encima. Toda el agua que quieran.
- No digas esas cosas.
En silencio, Delfina llenó el puchero de agua, arrimándolo al fuego. Sincronizados, como en un ritual de cada noche, José cogió el pan y, apoyándolo en su pecho, fue cortando, despacio, las pequeñas sopas, que iban cayendo sobre el paño de lino moreno que había tejido su madre, o quizá su abuela. Y después, sobre los ajos ya dorados en la sartén, las blancas sopas cambiando de color, y el chasquido del agua borboteante cayendo sobre ellas, y el aroma familiar de siempre inundando la cocina.
La cena en silencio, solo roto para hablar del pantano, sin darle ese nombre, como si fuera una sombra negra, que si se la menta adquiere cuerpo y peso, pero tanto que aplasta, y hay que respirar hondo y coger aire, para seguir hablando de otras cosas.
- Voy a cerrar la puerta.
Cada noche José baja a cerrar el portón de la casa, más que por nada, por que no entre algún bicho que les asuste. A Delfina le angustia ver la puerta cerrada, como todas las casas de pueblo, como el ayuntamiento, como la iglesia, como la escuela. Y parece que ya todo está debajo del agua, con ellos dentro, y que los ingenieros ya duermen tranquilos con el valle inundado, sin saber hacia dónde caía el campanario, ni el cementerio, sin sentir siquiera la vergüenza de que el gran charco sea trasparente.
Pero claro, José tiene razón. No vamos a estar toda la noche con la puerta abierta. Lo de menos sería que entrase un conejo, un zorro, algún murciélago o un bicho cualquiera, sino que el ruido nos asuste, creyendo que ya están aquí los del pantano con sus máquinas.
- Ya he cerrado la puerta. Me voy a dormir. Atiza un poco el fuego si te vas a quedar levantada.
- No. Voy a ir enseguida y con este rescoldo ya me basta. Ve y calienta la cama.
Delfina ya sabe que cuando ella se acueste, él se quejará del frío que lleva consigo a la templada cama, y quizá le diga, como tantas  noches, que el hocico del perro y el culo de la mujer siempre están frescos. Es como un niño. Repite las cosas como un niño un poco simple, pero es bueno y fuerte, porque fuerte había que ser para levantar la viga que los del pantano, o algunos mandados, habían colocado atravesando el puente la semana pasada. Que cuando la vi, al día siguiente, no podía creer que José, ni  hombre alguno, hubiera podido arrastrarla solo, que no me pidió ayuda para que yo no hiciera mala sangre.
Ya en la cama, y perdido el miedo a las frías sábanas, Delfina da vueltas, sin coger el sueño, mientras su marido duerme y ronca como si no tuviera preocupación alguna. Están lejos aquellos tiempos en que los dos cogían a la vez el sueño. Pero ahora permanece sola y la desesperación por no poder dormir se va apoderando de ella, mientras reza despacio, con ahínco, vocalizando sin voz, un padrenuestro, otro padrenuestro, pero cuando llega a lo de así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, piensa que perdona a todos, menos a los del pantano, que no le importaría que si lo llevan a cabo, cuando estuviera terminado se ahogaran todos en él, pero sabía que a Dios no se le pueden plantear estas cosas, y tampoco ella en el fondo deseaba tanto mal, y le entraba la desazón y aún se dormía menos, pero Dios mío, tienes que comprender que no puedo perdonar a esa gente que, poco a poco, fue engañando a todos que, por cuatro perras, vendieron sus casa y sus muertos, y cuando los pocos que iban quedando resistieron a las promesas y a los contratos, dejaron las buenas palabras, y entonces se sacaron las leyes de la manga y venga de amenazas y de fuerza. Todos tuvieron miedo y dejaron el valle. Todos, hasta mis hijos, que prometían tanto, que ya desde que los criaba al pecho había soñado con que fueran muy libres, y allí estaban en la ciudad, con pocos conocimientos y sin saber hacia dónde tirar. Todo por culpa de los del pantano, que empezaron por cerrar la escuela cuando sus chicos y otros estaban acabando la primaria, que aún recuerda a la pobre maestra despedirse llorando.
- Delfina, no puedo quedarme ni recoger a los chicos en mi casa. Vine de interina y de la delegación me ha llegado un oficio diciendo que ha terminado mi nombramiento. Que aquí no hay escuela.
¡Cabrones, malditos! y todos los críos en la calle, un año, otro año sin que nadie pudiera enseñarles nada, que los que quedábamos en el pueblo solo sabíamos las cuatro reglas, y el cura, el secretario y todos los que dependían de otros superiores fueron los primeros que se marcharon, pues a todos habían llegado órdenes de que lo hicieran, porque los que habían tenido la idea del pantano debían tener influencias en todos los organismos, o a lo mejor todos son los mismos, pero metidos en distintas cosas. Los críos en la calle, jugando en verano e invierno los más pequeños, y los mayores ordeñando y cuidando los pocos rebaños que iban quedando, o quitando hierbas de los huertos que iban sembrando clandestinamente, y llegó un momento que no quedaban más chicos que los de José y Delfina, y cada familia que se iba les decía lo mismo.
- Que los chicos no tienen la culpa de que vosotros no os queráis mover de aquí, que se les van pasando los años sin ir a la escuela, y a ver que vais a hacer aquí con ellos.
Tenían mucha razón, y buen dolor de corazón me daba a mí ver que cada vez sabían menos, por eso cuando los del pantano prohibieron sembrar y nos cortaron la luz, es cuando  decidimos con su padre mandarlos fuera, para que siguieran estudiando y recuperaran lo que pudieran, pero a los chicos, ya tan grandazos, les dio vergüenza ir con otros más pequeños y ahí están haciendo, voluntarios, la mili. La chica, solo a la chica le dio igual ir retrasada y ella sabrá con qué esfuerzo ha ido pasando y hace bachiller, que ahora se llama de otra manera. Mujer tenía que ser, que las mujeres tenemos otro empuje.
Amanecía cuando José se deslizó de la cama. Delfina en su duermevela, que se había convertido en su forma habitual de descanso, le oía encender el fuego y cacharrear con el jarro y los tazones. Siempre había sido ella la primera en levantarse y cuando ya la leche estaba humeante en las tazas de loza, y las grandes rebanadas de pan tostadas y untadas con miel de sus colmenas, llamaba a José y a los chicos, y desayunaban todos juntos en la gran cocina, llena todavía del frío de la noche pero iluminada por los chisporroteantes primeros leños del hogar, que se mantenía encendido todo el día, pues siempre quedaba alguien en la casa para atizar el fuego, no como ahora, que la casa se queda sin nadie, apagada la lumbre y abierta la puerta. Oyendo a José sorber la leche, Delfina pensaba que nunca logró que aprendiera a comer delicadamente, a pesar de lo que iba cambiando, que solo vivía pendiente de ella, como si fuera ya lo únicamente suyo que le quedaba en esta vida.
Mi bueno y querido José, cómo pude hacerte sufrir  cuando éramos jóvenes, sin hacerte caso, empeñada en casarme con algún señorito, como José Maria, con cultura y buenos modales, que a mí eso de la cultura siempre me ha deslumbrado mucho. Ahora José no te cambiaría por nadie, y debía estar loca de querer casarme con alguien que se me llevara del pueblo.
- Delfina, me voy.
- Espera José.
Todos los días la misma despedida, sin un beso siquiera, que bien a gusto se lo daría, pero hemos perdido la costumbre y me da vergüenza.
-  Hasta luego, Delfina.
Hasta luego, como si fuera a volver dentro de un rato, sabiendo que cuando vuelva se habrá escondido el sol, pero es mejor así, sin dar importancia a lo sola que ella se queda, en el pueblo vacío, con todo el valle entero para sí y su rebaño.
El ruido estrepitoso de la vieja moto, al ponerse en marcha, indica que José ya se va, bajando por la empedrada calle, a coger el camino ya embrozado que le conducirá hasta la carretera. Y a las siete en punto en la fábrica de un pueblo cercano, sin volver siquiera a comer a casa, que gracias a este sueldo podemos mandar algo a los chicos. Trabajo que un jefe del pantano le buscó, ya hace tiempo, cuando aún se creía que era fácil sacarlos del pueblo, y andan cabreados, porque José ha adquirido sus derechos en la fábrica, que ellos no entran ni salen ya en esto, y no es fácil echarlo a la calle, y si eso es lo que quieren que nos dejen sembrar nuestros campos que daban, con holgura, para todo.
Y ella, vuelta al corral, como cada mañana, a correr el pestillo de la empalizada, a soltar la aldaba y a mirar sonriente a cada oveja, a cada cabra, cogiendo en sus brazos al pequeño cordero que nació la semana pasada, y a marchar con todo el rebaño en la dirección que para ellos quiera, porque todos los pastos son suyos y pueden elegir un lugar abrigado, hasta que nieve.
Ya está el invierno cerca. No me importa que llegue. Vendrán poco los hijos, lo comprendo, pero también dejarán de venir los curiosos a mirarnos como si fuéramos unos bichos de feria, que este verano nos han traído locos algunos periodistas, con barbas y vaqueros, que han venido hasta aquí con su libreta y una radio pequeña, que graba exacto todo lo que dices, y venga a preguntar, y yo a contestar solo a cosas concretas, a cómo era este valle antes de estar vacío, pero a las cosas nuestras, personales, ni un tanto así, que a nadie le importa saber cosas como éstas.
-  ¿Cómo viven?
-  ¿Pasan miedo?
-  ¿Qué les dicen sus hijos?
-  ¿Dónde viven los que ya en su día se marcharon de aquí?
-  ¿Ha venido otra prensa?
Y hasta alguno les ha sermoneado.
- No saben que el interés común está por encima del bien individual, y que gente como ustedes han sabido aceptarlo y llegando a un acuerdo han dejado lo suyo. No han creado problemas.
El interés común, ¿me quiere explicar en qué consiste? ¿El interés común, o de unos cuantos? Quién me asegura a mí que esto no hará más ricos a los ricos, y a fin de cuentas yo me pierdo en estas consideraciones, que la vida tendría que ser de otra manera, que si yo conociera a los que quieren el agua y comprobara que les es tan precisa, para riegos o luz, y que no hay otro hueco donde almacenarla que este valle tan rico y hermoso, cerraría los ojos y me iría con mi vida a otra parte.
Como se fueron otros. A Delfina se le llenan los ojos de lágrimas cuando piensa en ellos, que malviven repartidos aquí y allá. Que las ciudades son buenas para la gente con dinero y posición, y en el campo, con nuestros propios medios, se vive con otra dignidad, y con menos distancias, porque todos somos y sabemos por un igual.
-  ¿Cómo has podido decir estas cosas?
A Delfina le ha dolido la pregunta de José, cuando ha vuelto del trabajo con un periódico en la mano, donde salen ellos, y la entrevista que les hizo uno de los jóvenes periodistas que llegaron hasta allí en el verano.
No han entendido nada. Yo, a mi manera les dije mi sentir, lo que es haber vivido tanta vida en el mismo lugar, pisando cada día la misma tierra, viendo los mismos montes. Pero, claro, ellos vienen en coche, pasan aquí una tarde y creen que se van con todo comprendido.
-  No volveré a traerte otro papel.
Ella sabe, y lo sufre, que José se derrumba en cuento sale. Que le costaría menos de lo que parece ceder a las presiones de unos y otros y, que hasta casi siente vergüenza de que se hable de ellos.
-  José, vete si quieres.
Ni contesta. Cómo va a irse a un piso, a vivir sin patio, sin bodega, en medio de unas calles, que hay que andar una hora para salir de ellas y ver algo de campo.
-  No vuelvas a decirme que me vaya, pero piensa que, algún día, pondrán ya fin a esto. Las leyes son las leyes.
También ella lo sabe, pero no va a ceder. Necesita vivir en este valle, y presiente que quizá, no muy tarde, va a descansar para siempre en esta tierra. Poco importa que después la cubran de agua.

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